Opinión Moira Corendo 05 de julio de 2020

La bandera en el armario

El domingo 26 de junio se conmemoró a nivel mundial el “Día del orgullo”, como homenaje, la Municipalidad de Córdoba decidió izar en el mástil del Parque Sarmiento la bandera del colectivo LGTBIQ+
Bandera LGBTIQ+ Foto: gentileza

El domingo 26 de junio se conmemoró a nivel mundial el “Día del orgullo”, rememorando los disturbios producidos en 1969, en Stonewall, Nueva York. Como homenaje, la Municipalidad de Córdoba, decidió izar en el mástil del Parque Sarmiento la bandera del colectivo LGTBIQ+, de manera permanente “como muestra de su firme compromiso en construir una sociedad cada vez más inclusiva, igualitaria y respetuosa”.

El homenaje fue opacado en primer lugar, porque confundieron la bandera del orgullo con la bandera de Cuzco, Perú. Enmendado el error, izaron la correcta y fue allí donde se produjeron incidentes entre un grupo de veteranos de Malvinas que bajaron la bandera y dañaron la placa conmemoratoria y vecinos que repudiaban dicho acto, a tal punto que debió intervenir la autoridad policial. Luego de esto, la Municipalidad expresó que revisarían la decisión y, como respuesta, al día siguiente estaba izada la bandera argentina nuevamente. El día jueves se izó en otro mástil más pequeño que el anterior y ubicado en otro sector, la bandera de la diversidad. 

En ese contexto, podemos decir que descender la bandera argentina, con lo que eso significa para los ex combatientes y para cualquier habitante de este territorio nacional, para colocar la de la diversidad, se puede leer como una inconsciente provocación. Por otro lado, lo que generó el izamiento deja ver claramente como aún no podemos ni siquiera poner en discusión las leyes heteronormativas y binarias con las que fuimos constituidos subjetivamente.

Parece que hemos avanzado tanto y de repente suceden acontecimientos como los del domingo pasado que nos llevan a replantear toda la lucha, comenzamos por ver pequeñas situaciones cotidianas como que una iglesia continúe al día de hoy, impidiendo que dos varones sean padrinos de una niña, ni hablar entonces de aceptar el matrimonio igualitario.

Las expresiones frecuentes con las que nos referimos a los sujetos con diversidad sexual y que forman parte de nuestra subjetividad colectiva, siguen siendo peyorativas, discriminatorias y patriarcales. En general, cuando producimos un hecho discriminatorio se debe a la necesidad de preservar nuestras matrices de aprendizaje que se sienten atacadas por algún acaecimiento que no se corresponde acorde a ellas. Esa situación es muy desestructurante para el psiquismo e inconscientemente trata de defenderse recurriendo a viejos mecanismos que le fueron de utilidad en algún otro momento, escondiendo tras ese acto el miedo que les provocan las diferencias, el miedo a cambiar su forma de pensar, a la discriminación que en algún momento sintieron también y que tal vez nunca pudieron elaborar. 

En nuestras matrices de aprendizaje no hubo lugar a cuestionamientos sobre la construcción de género, nacías varón o mujer, punto, no había opción a nada más, y así crecieron muchas generaciones, reprimiendo su sentir, viviendo vidas donde no se abrigaban plenos, ocultando, disimulando, escondiendo, guardando en un oscuro y fétido armario lo “no dicho”. La representación social “salir del armario o del closet”, se constituye así, como analogía hacia lo silenciado, lo doloroso, hacia el secreto familiar, depositándose en ese lugar mental todo aquello que no se puede decir, pero al mismo tiempo, resguardando la verdad que aún no se está preparado para afrontar.

En la adolescencia es donde se es necesario ratificar al mundo la condición sexual debido a los fuertes movimientos identitarios por los que se está traspasando. La pérdida del cuerpo infantil implica un gran sentimiento de despersonificación que es sostenido por el grupo de pares, por tal motivo, es que los primeros en enterarse de la condición sexual, son los amigos. Asimismo, también se debe atravesar el duelo por ese cuerpo de niño que ya no se tiene. Cuando finalmente se puede reafirmar esa verdad ante el grupo familiar, sabida por muchos, pero aún no dicha por nadie, es cuando el adolescente puede comenzar a superar su duelo.

La sensación de alivio que experimentan es incalculable, se sienten libres por primera vez en su vida, pudiendo salir al mundo orgullos de quienes son. Para los padres también son instancias de mucho movimiento, la preocupación de ellos está relacionada con que puedan sufrir acoso escolar o que sean discriminados, pero al mismo tiempo, también atraviesan el duelo de ese hijo que ha crecido, que toma sus decisiones, y los coloca frente a frente al juego de expectativas que consignaron en él, descubriendo que quizás, no condigan con la realidad. Esas expectativas son las que van reprimiendo en muchos casos las posibilidades de una construcción de género en libertad.

Al mismo tiempo, como sociedad, todos somos responsables de generar instancias que la promuevan. Ya es tiempo de dejar de guardar la bandera de la diversidad sexual en el armario, ella debe flamear, debe mostrar que hay muchas maneras de vivir, que todas son válidas, que nadie puede dictaminar qué sentir o qué no, que el respeto y la valoración sólo se logran cuando los prejuicios, la discriminación y la intolerancia a las diferencias son situadas a la luz.

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