Sociedad Moira Corendo 25 de enero de 2020

Morir de hambre

El 13 de enero murió en la provincia de Santa Fe una niña de 11 meses por desnutrición.

El 13 de enero murió en un Sanatorio Privado, ubicado en Av. 7 de marzo de la Cuidad de Santo Tomé, provincia de Santa Fe, una niña de 11 meses. Es llevada hasta allí por una pareja de vecinos a la que le fue entregada el día anterior por sus padres, quienes les expresan que no pueden darle de comer. La niña ingresa al nosocomio desnutrida y sin signos vitales. Los padres son indigentes, viven en una precaria casilla de barrio Costa Azul y se los ve frecuentemente en la puerta de un banco de la calle 25 de mayo, junto a sus otros 3 hijos de 9, 5 y 2 años. A raíz del fallecimiento de la bebé, toma accionar el área de Niñez de la provincia de Santa Fe y Acción Social de la Municipalidad de Santo Tomé, quienes enuncian: “No se llegó a tiempo”. La Justicia santafecina investiga el caso por presunto “Abandono de persona seguido de muerte” y ordena detener a los padres biológicos de la niña. 

El Estado, ahora con una muerte más pesando sobre sus estadísticas, decide finalmente ocuparse de ellos, ese mismo Estado, presente, pero que resuelve conscientemente abandonar a esa familia en la mayor desprotección y desidia, es quien designa la detención de sus padres por abandono de persona; ¿cómo es posible?, si ellos mismos ya estaban abandonados viviendo en condiciones de indigencia, sin instrucción sobre salud sexual y reproductiva, sin cuidados prenatales y controles periódicos de salud para sus hijos, sin educación para obtener un trabajo dentro del sistema. Pareciera que ningún funcionario estatal los vio pedir limosnas frente al banco, que nadie vio las condiciones de padecimiento y desnutrición en las que se encontraban los seis integrantes de esa familia, que nadie escuchó a esa niñita de tan sólo 11 meses llorar de hambre con su tenue voz hasta que se fue extinguiendo. Invisibles, desclasados, los nadies les decía Eduardo Galeano, “que cuestan menos que la bala que los mata”. Aquí no hubo bala, pero sí hubo muerte surcada por la mayor de las tristezas, padres que ven morir a su pequeña hija, que mucho antes la vieron llorar de hambre, luego comenzó a balbucear y pedir pan que tampoco podían darle, se fue apagando su llanto, su luz, sus ganas de vivir, hasta que el sollozo se convirtió en un graznido gutural indescifrable que habla sólo del dolor de estar vivo. Adormecida, ya sin energía, murió en brazos de otras personas que no eran sus padres, lejana, desesperanzada. 

El Estado la dejó morir aún antes de su nacimiento, con su anonimato, con su falta de sostén institucional, antes de nacer ya era despojada de derechos, de deseos, de sueños. Un Estado que actúa tarde, una vez producida la muerte, que detiene a los padres y los enfrenta a procesos judiciales en lugar de intervenir antes de la incuria y la invisibilización, tal vez lo hace porque piense que, estando detenidos, finalmente ellos puedan ingerir cuatro comidas al día ¿No? Tanta riqueza para tan pocos y tanto sufrimiento para millones, clases sociales bien delimitadas por el neoliberalismo y compuestas por una ideología dominante que enuncia que el pobre es necesario para que el rico pueda tener más. 

Sin embargo, también nosotros, como comunidad, la dejamos morir un poco, tampoco pudimos visivilizarla, y es que la pobreza duele tanto pero tanto que apartamos la mirada ante ella, nos protegemos a nosotros mismos haciendo de cuenta que no existe. Seguramente vimos a esta familia u a otras en la puerta de un banco pidiendo limosna, desahuciados, sentenciados socialmente a la exclusión y al descarte, pero miramos para otro lado con el estómago estrujado tratando de deshacer esa imagen de la retina, como si así, mágicamente, se acabara con el dolor y el abandono. Una sociedad que naturaliza la pobreza gracias a la eficacia del orden ideológico y que atribuye entonces, a causas naturales y, por consiguiente, inmodificables, los procesos históricos-sociales, una sociedad que piensa que siempre hubo pobres y siempre los habrá, desoyendo apáticamente el dolor del hambre.  

El Estado es responsable, aunque nosotros y nuestra ideología también, lo que decidimos creer, lo que decidimos callar y ocultar. ¿Y si probamos involucrándonos un poquito, al menos con quienes tenemos más cerca, con quienes nos provocan mayor simpatía? Empezando por algo, aguantando el nudo en el estómago y mirando a la pobreza de frente, poniéndonos cara a cara con el dolor del hambre y hacer algo, por pequeño que sea, eso va a contribuir a apaliar la carencia, la necesidad y el olvido.  

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