
Memoria, Verdad y Justicia… Pero toda la Memoria, toda la Verdad, y toda la Justicia

Era una tarde soleada, agradable y adecuada para la práctica deportiva… Las escuelas de la ciudad de San Francisco vivían días de efervescencia, porque estaba en marcha la disputa de las denominadas “Competencias Intercolegiales del III Cuerpo de Ejército”, nombre elegido por los jerarcas de la Provincia. Jerarcas militares, está claro…
El equipo de mi escuela, el IPEA N° 14, venía con el antecedente de haber sorprendido al “establishment” local el año anterior, ganando el torneo de fútbol en una disputada final ante el Colegio Nacional San Martín, en el estadio de Sportivo Belgrano.
“San Martín, San Martín, colgate de una rama, que vas a ser campeón de la c… de tu hermana!”, gritaba nuestra barra brava, saltando sobre los tablones de la tribuna sur del templo futbolero del Barrio Alberione, festejando aquella consagración.
Pero ahora la cosa era distinta. Los partidos se jugaban en la cancha de fútbol de la Fábrica Militar de San Francisco, en otro clima. Unos ocho adolescentes, chicas y chicos, apuntalábamos a nuestros compañeros que se debatían en el campo de juego buscando avanzar hacia el bicampeonato.
En un pasaje del arduo partido contra la Escuela Dr. Francisco Ravetti, el árbitro Pedro Zbrum empezó a hacer lo que hoy se llama “inclinar la cancha”, motivando los folclóricos improperios de la fanaticada.
Y ahí pasó lo que pasó. Un suboficial ordenó a cuatro “colimbas” que rodearan a nuestra hinchada, armados con sus FAL. Y ahí quedamos, los revoltosos controlados de cerca, "encapsulados", como dicen en la jerga. El resultado del cotejo fue adverso y nuestro equipo quedó eliminado. Pero quedó el recuerdo de la escena que protagonizamos. Cuatro pibes con unos años más que nosotros rodeándonos y empuñando sus armas, para evitar cualquier desborde…
La anécdota puede quedar en eso, pero yo quiero trasladarla a todo lo que vivían las personas comunes mientras se desarrollaba esa etapa de nuestra historia.
Nuestra niñez estuvo atravesada por el surgimiento de las bandas armadas con sus proclamas “revolucionarias”. Una bomba por allá, suspensión de clases en la Escuela Iturraspe y todos para casa. Y la interna partidaria resolviéndose a los tiros…
Nuestra adolescencia estuvo atravesada por el llamado “Proceso de Reorganización Nacional”, el tiempo de la represión en el más amplio sentido de la palabra. Del cabello que no tocara el cuello de la camisa a todo lo que sucedió, en todos los planos de la vida de nuestro pueblo.
A los veinticinco millones de argentinos que jugamos y ganamos el Mundial también nos pasó lo que pasó. Cada hogar, cada familia, cada persona, tuvo que enfrentar situaciones cotidianas que expresaban ese tiempo de privación de la libertad, de eliminación de los derechos, de diálogos en voz baja sobre el destino de familiares o de conocidos, de agobio e impotencia. Todos estábamos dentro de ese tiempo. A todos nos marcó ese tiempo y lo vivimos como pudimos. Pero hubo muchos que hicieron algo para dar vuelta esa página de la historia y legarnos estos años de Democracia imperfecta pero imprescindible.
Triste es ver que en el presente se exacerba el discurso tendencioso de sectores que albergan intereses espurios, y que son autores materiales de gran parte de la decadencia argentina. Triste es ver como se manipula la historia y se saca provecho de la tragedia. Triste es ver cómo se les cae la baba a quienes apuntan a interrumpir la tarea de un gobierno elegido por el pueblo, demostrando que en el fondo son lo mismo que los que provocaron el suceso de hace 50 años. Tal vez tengan una distinta forma, pero en el fondo son la misma materia...
En mi interior aspiro, con la Constitución en la mano, a toda la Memoria, toda la Verdad, toda la Justicia. Para todos. Siempre.


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