El silencio de la tristeza y el suicidio

Opinión 21 de febrero de 2020 Por Moira Corendo
No está permitido socialmente hablar sobre la tristeza, tampoco lo está sobre el suicidio debido a que se cree que el sólo hecho de su mención, proporciona deseos de realizarlo.
Tristeza
El silencio de la tristeza y el suicidio

Caro le expresa a su terapeuta que está triste, que no tiene ganas de hacer nada ni de estar con nadie, prefiere estar sola para poder llorar tranquila, sin que le hagan preguntas; lo peor de sentirse así es tener que disimular frente a su familia que está bien, o al menos, lo mejor que puede: “Ni siquiera puedo llorar en paz”. Está medicada, pero hay semanas en las que se resiste a tomar la medicación ya que no quiere vivir “empastillada”. Ha tenido dos intentos de suicidio en sus cortos 15 años, ahora siente que ya no lo va a volver a hacer, pero la tristeza, la melancolía, la depresión son un lugar al que vuelve recurrentemente, estar allí es sentirse como en casa, hay oscuridad, más a veces lo vive como un alivio, un escape, un terreno reconocido para su alma donde puede permitirse llorar, donde la esperan y la reciben viejos dolores. Allí sólo se puede pensar en el padecimiento, esa falta de aire, el sollozo que se trata de ahogar, en la angustia de piel erizada. Caro se corresponde con una familia de capas medias, posee una obra social que cubre su tratamiento psiquiátrico y psicológico, tiene acceso también a algunos talleres a los que asiste en ocasiones, me pregunto qué sucede con la tristeza en los estratos más bajos de las clases sociales, qué acontece cuando no hay quien contenga, cuando esa adolescente de 15 años vive en condiciones precarias, haciéndose cargo de 4 o 5 hermanitos para que su mamá salga a trabajar, abandonando la escuela, cuando hay ausencia de todo: de sostén, de comida, de asistencia médica y psicológica, de proyectos, de sueños.     

Así como no se nos está permitido socialmente hablar sobre la tristeza, tampoco lo está sobre el suicidio debido a que se cree que el sólo hecho de su mención, proporciona deseos de realizarlo. Sin embargo, no hablamos de suicidio, e igualmente, la taza es cada vez mayor, triplicándose los casos en los últimos 30 años. Tampoco hablamos de que el medicamento más comprado en la Argentina es el Clonazepam, un psicotrópico que actúa sobre el sistema nervioso central y tiene efectos sedantes, hipnóticos, ansiolíticos, anticonvulsivos y miorrelajantes. ¿Quizás depositamos en el Clonazepam la esperanza de elaboración a nuestras tristezas? 

La subjetividad colectiva ve a la tristeza como signo de debilidad, por lo que, inconscientemente, pretendemos salir de allí de manera inmediata e instamos a nuestros vínculos a que hagan lo mismo. No soportamos ver a alguien triste, si vemos que le cae una lágrima, nuestra primera reacción es intentar secarla y abrazar a esa persona al tiempo que expresamos: “No llores”. Asimismo, cuando somos nosotros quienes lloramos, en cuanto la incipiente lagrima comienza a asomar por el lagrimal, detenemos su avance para que no se precipite por la mejilla. ¿Por qué, por vergüenza, por falta de valor para enfrentar el dolor? Desde pequeños nos enseñan que llorar no está bien, lo que va calando en nuestra personalidad al punto de no permitirnos expresar los sentimientos, las emociones; poco a poco vamos volviéndonos autómatas encubridores de la tristeza. Es agotador física y mentalmente estar reprimiendo las emociones, la energía que demanda esa actividad de autocontrol no permite que podamos conectarnos con otros de manera genuina. Hemos aprendido muy bien a manejarnos en la vida cual, si fuera una red social, donde sólo se expresan las alegrías, falsas alegrías que no podemos sostener por mucho tiempo. Es comprensible entonces como las fantasías suicidas son también transitadas en soledad, si no podemos admitir a otros que estamos tristes menos aún reconocer que el suicidio está acechando nuestra vida. Si no somos capaces de expresar la oscuridad en la que nos vamos sumiendo, no vamos a lograr salir de ese lugar.

Las conductas suicidas están conformadas por una innumerable policausalidad de factores que abarcan desde el vientre materno hasta la vida adulta y no es elegido libremente, muy por el contrario, es consecuencia de no encontrar más opciones, de cargar una mochila tan pesada para cada quien, que se siente la necesidad de alivianarla tomando decisiones desacertadas. El sujeto que piensa en suicidarse no lo desea realmente, lo que quiere es que su vida cambie para no tener que hacerlo, pues entonces, tal vez deberíamos enfocarnos en esos cambios que la persona no está pudiendo realizar sola. Reducir el suicidio a la falta de comunicación sería un grave error, sin embargo, la comunicación se constituye como un elemento primordial para enfrentarlo. Siempre hay una salida, siempre una nueva oportunidad para dejar atrás el dolor y transformarlo, usando las herramientas con las que contamos para poder afrontar el sufrimiento. 

El orden socio histórico en el que estamos inmersos, monstruoso y despiadado, donde la pobreza, el suicidio, la falta de educación, la violencia, la precarización laboral nos debe obligar a estar pendientes no sólo de nosotros mismos sino también de otros, para volverlo un poco más comunitario, un poco más humanitario. Hay quienes necesitan más contención que otros y debemos estar atentos a ellos, desarrollar nuestra empatía, sostener desde la mirada, desde la escucha, involucrarnos, permitirnos preguntar y responder con sinceridad. La tristeza no sería posible sin la alegría, son parte del mismo par contradictorio que los conforma como unidad, por lo que podemos dejar de negarla, hablar de la tristeza, ponerle palabras al dolor, escucharla y aceptarla para elaborarla y dar paso a la alegría. 

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