El aislamiento y sus matices

Opinión 28 de marzo de 2020 Por Moira Corendo
El aislamiento social, preventivo y obligatorio en los hogares más humildes, muestra prioridades diferentes que en el resto de los hogares.
pobreza_afp_6

Sabemos que el Coronavirus no distingue entre clases sociales, que tanto grandes magnates como humildes trabajadores lo contraen, que ni la realeza, con toda su opulencia, logró proteger al Príncipe Carlos de la enfermedad también con corona como él. Por más que Hollywood se rinda ante Tom Hanks, por más cuerpo atlético y millones de euros que tengan los jugadores de futbol, por más talento desplegado por Plácido Domingo, se contagian. 

Todos estamos en riesgo si salimos de nuestros hogares, lo que no es para todos igual es la forma en que transcurrimos el aislamiento social, preventivo y obligatorio. No es lo mismo ser un empresario famoso y decidir pasar el confinamiento en una mega mansión de Esquel, que pasarlo en un barrio de la periferia de Córdoba donde conviven tres, incluso cuatro generaciones, sin agua potable en muchos casos, sin gas, sin la posibilidad de salir a hacer changas para poder solventar la comida día a día. Numerosos hogares atravesamos la cuarentena con problemas económicos, sí, muchos problemas económicos, pero sabiendo que de igual manera cobraremos el sueldo, o al menos parte de él, que contamos con algunos ahorros o algún tipo de recurso para sobrellevar esta contingencia, que decidiremos qué pagar y qué no hasta que nos recuperemos.

Sin embargo, vivimos en superficies donde, en mayor o menor medida, el espacio personal puede ser respetado, aprovechamos el tiempo para compartir momentos familiares que se dificultaban durante las jornadas laborales, experimentamos con comodidad el trabajar desde casa, acompañamos a nuestros niños en las tareas escolares, poseemos internet. Al mismo tiempo, contamos con algunos dispositivos de entretenimiento y ocio, parte de nuestro aislamiento comprende ver la televisión, portales o cualquier medio que nos informe sobre el avance mundial y local del virus, estamos al tanto que alrededor de las 20:00hs, se actualiza la lista de infectados y la esperamos ávidos, como si de ello dependiera calmar y justificar la ansiedad que nos traspasa durante el día. Los medios de comunicación nos detallan historias tristes por doquier alrededor del mundo, de muerte, de soledad, de elegir quien vive y quien muere por la ausencia de respiradores. También del vecino presidente que califica al virus mortal como “una gripecita” e insiste en que la población continúe con su vida normal. De muchos abuelos que han dado positivo y son llevados para nunca más volver a verlos, muriendo en soledad, sin sus afectos, sin el abrazo y la caricia. Empero, aquí cerquita, en nuestra Córdoba también hay historias tristes en las que no siempre reparamos. 

Tomás tiene ocho años, vive en un barrio de la periferia, con su mamá, su padrastro, cuatro hermanos de seis, nueve, diez y catorce años, su amada abuela, su tía, hermana de su mamá y sus dos primos de uno y tres años. El padrastro de Tomas recolecta cartón que clasifica y vende por monedas, cuando tiene changas que realizar, la recolección del cartón queda a cargo de los niños, cuando el consumo de alcohol lo demanda, también. La Tía limpia casas de familia sin pertenecer al sistema laboral formal, deja a sus pequeños hijos al cuidado de la mamá de Tomás. El hogar es exiguo y las necesidades básicas se vuelven un lujo inalcanzable. No tienen computadora, mucho menos impresora, pese a esto, Tomás y sus hermanos, realizan las tareas todos los días por la Plataforma estatal “Seguimos Educando” desde el celular de su mamá, un único celular, por lo que han estipulado horarios para usarlo. Su mamá tiene muchas otras preocupaciones que la invaden como para sentarse con ellos y ayudarlos, lo que más la aqueja es no saber si podrá poner algo en el plato de sus hijos hoy; la pandemia en este contexto, con sus requerimientos de alcohol en gel y jabón, pasan a segundo plano si la panza hace ruido. De pronto, ya no hay más escuela, no hay cartón para vender, ni changa, ni casa que limpiar, sólo hay que quedarse adentro. No hay otra alternativa que permanecer en el hogar, no obstante, allí hay un enemigo tan potente como el Covid-19 y se llama hambre, angustia, desesperación, desigualdad educativa y social. 

Así es como el aislamiento preventivo no se vive de igual manera en el Palacio de Buckingham que en la casa de Tomas y lamentablemente, esta vez no hay mucho que podamos hacer desde la nuestra por él, ya que debemos contribuir de manera urgente a frenar el contagio. Nos quedemos en casa entonces y lo hagamos por todos, pero al mismo tiempo aprovechemos para reflexionar y ampliar la mirada social. Tal vez, algo vino a mostrarnos este virus que nos mata solos, pero nos contagia en comunidad. Quizás vino a enseñarnos que todos podemos hacer algo por otros, que no podemos vivir ensimismados o haciéndonos los distraídos ante el dolor, posiblemente aprendamos a encontrarnos con nosotros mismos para decidir si nos gusta lo que vemos o lo cambiamos en pos de los sueños de todos, no sólo de los que tengan alcohol en gel.  

Te puede interesar