El Brian

Opinión 03 de noviembre de 2019 Por
Estigmatizamos a las personas por su color de piel, por su vestimenta, por su manera de hablar, su lugar de origen, el barrio donde vive, su trabajo o la ausencia de él, las ideas políticas; y lo hacemos con la mayor naturalización.
Brian

En las elecciones del pasado domingo, Brian Gallo, de 27 años fue a cumplir con su deber cívico como autoridad de mesa en la escuela nº 63 de Moreno, provincia de Buenos Aires. En algún momento, sin que él lo notara, alguien le tomó una fotografía y la viralizó por redes sociales con la leyenda: “Si votas en Moreno, no lleves cosas de valor” y luego con otra: “Dame el D.N.I. y el celular”. ¿Qué lleva a una persona a realizar un acto tan repudiable como discriminador? ¿Las redes sociales todo lo permiten? ¿Nuestra matriz social está tan llena de preconceptos que no podemos ni siquiera reconocer cuando estamos realizando una acción discriminatoria? ¿O será que sencillamente no nos importa lastimar a otro, que lo hacemos conscientes del daño?

Brian luego enuncia: “Que tenga visera, capucha o un camperón no quiere decir que sea un delincuente, si fuera un chorro no viviría en una casilla, viviría en una casa de material. Acá todos los vecinos sufrimos mucho, mi mamá está sola con 4 hijos, yo dejé de estudiar cuando terminé la primaria porque tuve que salir a laburar para la familia”.

La vida es lo bastante dura en sí misma para Brian y su familia, si a esto le yuxtaponemos el peso de la discriminación, la cotidianidad se vuelve intolerable. Una discriminación que no queda definida solo por las representaciones sociales que expresamos, sino también por un Estado ausente, que no garantiza las condiciones mínimas de existencia de los sujetos, que promueve la propiedad privada como único medio de desarrollo, que fragmenta las posibilidades de crecimiento mediante la desigualdad social.

¿Cómo se sobrevive en una sociedad donde la capucha o el camperón son la única propiedad privada, pero sí alcanza para ser discriminados? La discriminación hace su trabajo y la exclusión social lo sentencia causando consternación en quien la padece; si además es vivida en carne propia con frecuencia, esa tristeza que provoca se torna sufrimiento psíquico, un sufrimiento que no podemos identificar fácilmente, una angustia que se va sumando a pequeñas acciones segregacionistas a lo largo de la vida y que pueden ocasionar una gran herida narcisista, lastimando nuestra subjetividad tanto que ya no sepamos quienes somos, ¿seremos ese sujeto al que se nombra con apodos, con expresiones hostiles, disminuyéndolo, menospreciándolo? Al fin y al cabo, los otros nos constituyen.  

Estigmatizamos a las personas por su color de piel, por su vestimenta, por su manera de hablar, su lugar de origen, el barrio donde vive, su trabajo o la ausencia de él, las ideas políticas; y lo hacemos con la mayor naturalización, sin registro alguno del dolor que podemos ocasionar. En este caso puntual, hasta el nombre del presidente de mesa ya es motivo de prejuicio. Se llama Brian, elegir el nombre de un niño por nacer es una tarea elemental que marcará su identidad para toda la vida; sin embargo, como sociedad, también nos mofamos de ese signo identitario y cargamos su nombre con denostaciones negativas. “El Brian”, se convierte así en adjetivo calificativo y motivo de burlas con el solo hecho de nombrarlo, denotando implícitamente en él manifestaciones racistas, discriminatorias y de conflictos de clase. Imaginemos entonces como será vivir, además, con un nombre que implique semejantes designaciones; nada fácil ¿no?  

Todos hemos sido discriminados en mayor o menos medida en algún pasaje de nuestras vidas, sabemos muy bien lo que se siente, me pregunto porque habiendo padecido el sufrimiento que la discriminación implica, en lugar de agenciar ese dolor para no reproducirlo en nadie más, nos volvemos sujetos discriminadores. Quizás continuamos personificando el modelo discriminador porque eso nos otorga entidad ante otro, seguridad ante aquel que es distinto, ¿acaso la herida narcisista que nos provocó fue tan profunda que, en lugar de sanarla, devolvemos el favor con más discriminación y crueldad de la que aplicaron con nosotros mismos? Una sociedad que ve al otro como rival, como opuesto, discrimina también como modo de comunicación, expresando la poca tolerancia a las diferencias que tenemos.

Si la discriminación es vista como natural a la condición social, es más difícil que logremos desenquistarla, mas no imposible. En otro momento social, el meme de Brian hubiese pasado desapercibido, un acto discriminatorio más a un sujeto como cualquier otro; sin embargo, ahora se logró visibilizar el caso y repudiarlo, esto se debe al enorme movimiento de concientización que también se promueve a través de las redes sociales. ¿Será una expresión de consciencia crítica y respeto por el otro o será que repudiamos la discriminación porque es políticamente correcto hacerlo? Al fin y al cabo, queda bonito compartir actitudes así, que nuestros contactos vean lo comprometidos que estamos en estas causas; a veces esa mirada del otro que nos configura, nos hace mentirnos a nosotros mismos. Tal vez, el repudio a la discriminación sea el primer paso, pero ahora nos toca mirarnos un poquito, nuestros modelos de aprendizaje son flexibles, abiertos y permiten ser modificados, por lo que pienso que, posiblemente, desentrañar esta concepción de carácter natural que se imprime sobre la discriminación, podría comenzar con reconocer aquello que nos incómoda, para luego analizar sus causas, una vez que logramos identificar a través de la emoción qué nos produjo la incomodidad, podemos revisar a su vez nuestras propias acciones discriminatorias, que seguramente no sean pocas.

*Moira Corendo: Psicóloga Social

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